HAZ LO QUE TE GUSTA (Y SEGUIRÁS TRABAJANDO EL RESTO DE TU VIDA)

Una lista de tareas interminables pendientes y demasiado cansancio, incluso hasta para leer un libro. En ‘No puedo más: Cómo se convirtieron los millenials en la generación quemada’ (Capitan Swing), la periodista Anne Helen Petersen examina la nueva cultura del agotamiento y los anhelos de una generación obsesionada con perseguir su pasión a través del trabajo.

En mi época de profesora, le dije en cierta ocasión a una estudiante cuyas decenas de solicitudes de prácticas y becas no habían dado ningún fruto que debería mudarse a algún lugar divertido, conseguir un trabajo cualquiera y descubrir qué era lo que le interesaba y qué tipo de trabajo no quería hacer. La chica rompió a llorar: «Pero ¿qué voy a decirle a mis padres? ¡Quiero un trabajo fascinante que me apasione!».


Estas expectativas son la consecuencia inesperada del «cultivo concertado» que impregnó la infancia de muchos millennials. Si un niño es educado como capital, con el objetivo implícito de crear un activo «valioso» que permita ganar el dinero suficiente para obtener o mantener el estatus de clase media de sus padres, es de esperar que ese niño asimile que un sueldo alto es lo único que verdaderamente importa a la hora de conseguir un empleo. Y algunos estudiantes logran precisamente eso: algunos médicos, la mayoría de los abogados, tal vez todos los consultores.


Aun así, a menudo consideramos como vulgar que alguien exprese la esperanza de conseguir un trabajo «bien remunerado», a pesar de que esa forma de entender el trabajo sea la más parecida a la de nuestros antepasados, que por encima de todo mantenían una relación utilitarista con el mundo laboral. Un minero podía enorgullecerse de lo duro que trabajaba, pero la minería –o la agricultura y la ganadería– no era una vocación que hubiera elegido porque fuese ‘guay’ ni porque le «apasionara» el oficio. Lo hacía porque era lo que hacía su padre, o porque era la opción más viable, o porque, de una manera u otra, le habían entrenado toda su vida para ello.

A menudo consideramos vulgar que alguien exprese la esperanza de conseguir un trabajo «bien remunerado»

Los millennials, por el contrario, han interiorizado la necesidad de encontrar un trabajo que se corresponda con las expectativas de sus padres (estable, con un salario decente e identificable como un «buen empleo»), que resulte impresionante de cara a sus compañeros (en una empresa ‘guay’) y que cumpla con lo que se les ha vendido como el objetivo último de toda esa optimización en la infancia: dedicarse a algo que les apasione, lo que de una forma natural les conducirá a obtener «mejores resultados en la vida».


El deseo de tener un trabajo ‘ideal’ y que nos apasione es un fenómeno particularmente moderno y burgués, y, como veremos, un modo de dotar a ciertos trabajos de una pátina de deseabilidad que hace que los trabajadores estén dispuestos a tolerar toda forma de explotación por el mero «honor» de desempeñarlo. La retórica del «haz lo que te gusta y no volverás a trabajar un solo día más en tu vida» es una trampa del desgaste. Al encubrir el trabajo con el lenguaje de la «pasión», se nos impide pensar en lo que hacemos como lo que realmente es: un trabajo, no la totalidad de nuestra vida.


La dura realidad de la búsqueda de trabajo pone al descubierto las contradicciones, las medias verdades y los mitos mal construidos que motivaron a los millennials a través de la infancia y la universidad: los trabajos no aparecen por arte de magia una vez se obtiene una educación universitaria; los préstamos estudiantiles que se solicitan para pagar por esta educación pueden limitar las opciones de empleo (sobre todo cuando el sueldo mínimo de una actividad es demasiado bajo y no nos permite pagar la mensualidad de dicho préstamo y el coste de la vida); el seguro médico es cutre o directamente no existe. El trabajo temporal, aunque suponga hacer algo que te encanta, apenas da para pagar las facturas. El currículum de la enseñanza secundaria y universitaria, por robusto que sea, puede acabar siendo una divisa de escaso valor. La mayoría de las veces, todo lo que obtendremos de nuestra pasión es el permiso para cobrar muy poco.


En 2005, Steve Jobs pronunció el discurso de inicio del curso en la Universidad de Stanford y reafirmó una idea que los graduados universitarios millennials llevaban una buena parte de sus vidas asimilando: «Vuestro trabajo va a ocupar mucho tiempo de vuestra vida, y la única forma de sentiros verdaderamente satisfechos es hacer aquello que creáis que es un gran trabajo. Y la única forma de hacer un gran trabajo es amando lo que hacéis. Si aún no lo habéis encontrado, seguid buscando. No os conforméis».

La búsqueda de trabajo pone al descubierto las contradicciones, las medias verdades y los mitos mal construidos que motivaron a los ‘millennials’

Miya Tokumitsu, autora de Do What You Love and Other Lies About Success and Happiness, percibe el discurso de Jobs como la cristalización de la narrativa del trabajo «amado»; es decir, que cuando uno ama lo que hace, no solo desaparece la «laboriosidad» que entraña, sino que tus capacidades, tu éxito, tu felicidad y tu riqueza crecen de manera exponencial a causa de ello.


Esta ecuación se basa en una integración trabajo-vida abocada al desgaste: lo que nos gusta se convierte en nuestro trabajo; nuestro trabajo se convierte en lo que nos gusta. Apenas existen delimitaciones temporales (tiempo remunerado y no remunerado) o personales (el yo del trabajo frente al yo «real»), tan solo la larga cinta de Möbius de una persona que se dedica en cuerpo y alma a un trabajo «amado», confiando en que al hacerlo obtendrá felicidad y estabilidad económica. El artista Adam J. Kurtz reescribió en un tuit esta máxima: «Haz lo que te gusta y no trabajarás un solo día más en tu vida súper duro todo el puto día sin descanso y sin límites y, además, tomándotelo todo de forma extremadamente personal».


En el contexto del «haz lo que te gusta», en teoría cualquier trabajo puede ser adorable, siempre y cuando sea lo que uno personalmente ama. Pero los trabajos «adorables», por lo menos en este momento, son ‘trabajos visibles’, trabajos que añaden caché social y cultural, en los que uno trabaja para sí mismo o con una supervisión mínima. Pueden ser trabajos considerados socialmente altruistas (profesores, médicos, defensores de oficio, trabajadores sociales, bomberos), o que de alguna manera se consideran como ‘ideales’ (guarda forestal, productor de cerveza artesana, instructor de yoga, conservador de museo), o que permiten una autonomía total sobre lo que se hace y cuándo se hace.

Los trabajos ‘adorables’, en este momento, son ‘trabajos visibles’ que añaden caché social y cultural

Son trabajos con los que los niños sueñan y de los que la gente habla; trabajos que nos hacen exclamar «qué trabajo más ‘guay’» siempre que surgen en una conversación. Ser camarera puede ser un trabajo ‘guay’ si se hace en el restaurante apropiado; un trabajo de poca monta entre bastidores puede ser ‘guay’ si se hace para la compañía de teatro adecuada. Michael, que es blanco y creció formando parte de la clase media de Kansas City, solo tenía una ligerísima idea de cuál podía ser su trabajo ideal: «Algo que me obligara a “ser creativo” todo el tiempo». Rooney, que es negra y de clase trabajadora, concebía que un buen trabajo era aquel que fuese «significativo», que le «apasionara» y por el que sintiera «vocación». Greta, que es blanca y creció siendo clase media, dijo que sus referentes mediáticos favoritos –Una rubia muy legal y Las chicas Gilmore– le habían enseñado que un «trabajo ‘ideal’» es aquel en el que la persona persigue empecinadamente su pasión.