El rezago educativo por COVID, ¿cómo empezar a resolverlo?

Por: Julieta López Olalde

Directora de la Preparatoria Olinca

Los profesores hemos sabido, de manera empírica, de un fenómeno que solemos llamar “amnesia de verano”. Al regresar a las aulas después de las vacaciones, nuestros alumnos parecen haber olvidado todo lo que les enseñamos en ciclo anterior. Este fenómeno ha sido abordado por unos cuantos expertos y recientemente cobró una nueva importancia, pues se ha usado como antecedente para predecir el rezago de los alumnos a raíz de la pandemia.


El verano, las condiciones meteorológicas adversas, los conflictos sociales o las catástrofes naturales han sido algunos de los escenarios en los que se ha analizado el cierre de las escuelas y el impacto que este tiene sobre el desarrollo académico de los alumnos. Sin embargo, el cierre de escuelas por COVID en México no tiene precedente.


Si bien la educación en línea pudo haber mediado la adquisición de aprendizajes y el desarrollo de las habilidades académicas duras (la lectura y las matemáticas, por ejemplo), los efectos de este cierre van más allá. Nuestros niños y adolescentes han sufrido la pandemia en muchos niveles. Hay desde quienes han seguido cursos en línea durante los confinamientos obligatorios y a lo largo de esos meses experimentaron sentimientos de soledad y angustia. Hasta quienes tuvieron que cambiar de ciudad e ingresar a una escuela que nunca había pisado o vivir muertes cercanas e intempestivas relacionadas con el COVID. En cualquier caso, los niños y jóvenes han sufrido una serie de eventos que han puesto a prueba su resiliencia y formado (o deformado, me atrevo a decir) sus habilidades blandas.


Ahora que los alumnos, poco a poco, vuelven a nuestras aulas, ¿qué tarea tenemos los profesores? En un interesante estudio que sigue la trayectoria de alumnos de primaria durante cuatro después de un desastre natural, Lisa Gibbs (2019) señala que los efectos de la catástrofe pueden durar años, pero que la mejor herramienta es una intervención temprana basada en estrategias positivas.


Las escuelas tenemos que estar preparadas para crear un ambiente de aprendizaje inclusivo y amable. Oportunidades de aprendizaje que no estén motivadas por obtener “puntos” o calificaciones. Momentos de debate en los que no deba haber un ganador, sino oídos atentos y mentes que piensen mejor juntas que separadas. Las aulas de la escuela de esta nueva etapa de la pandemia deben ser tranquilas y ordenadas, debe haber un sosiego que permita a cada quien avanzar a su ritmo; pero a la vez, llenas de estímulos que despierten de nuevo la curiosidad y el gusto por aprender que parecen haberse quedado también en esta amnesia del confinamiento.


Este no es un buen momento para enfrentar y, menos aún, crear presión académica. Los sistemas cognitivos de nuestros niños y adolescentes están muy ocupados en resolver los acertijos sobre la vida y la muerte que les trajo la pandemia. Confío en que si los profesores, las familias y los alumnos trabajamos en reconstruir, fortalecer y flexibilizar nuestras emociones, encontraremos juntos el nuevo cauce por el que debe fluir la educación postpandémica.


GIBBS, L., et al. “Delayed Disaster Impacts on Academic Performance of Primary School Children”. En Child development. 2019. Vol. 90, n.o 4, pp. 1402-1412. <https://doi.org/10.1111/cdev.13200>.



















389 visualizaciones0 comentarios